Don Aznarote de la Mancha, quijote a troche y moche

Segons les últimes notícies de fonts molt ben informades s’ha sabut que un senyor(?) que darrerament s’ha tret el bigoti i ha pogut mostrar, per tant, bastanta més cara (de la que ja habitualment té) ha anunciat públicament una de les seves conegudes grans i brillants idees (amb molta barra i més poca vergonya del que li era habitual).

S’ha sabut que aquest senyor, quan governi el PP, pensa manar al seu escolanet Rajoy anular aquest invent de les autonomies (potser fins tot estaria bé, ves per on!) perquè gasten molt i no ens ho podem permetre en èpoques de crisi com l’actual.

S’ha sabut que això dels nacionalismes no és una cosa que li agradi massa (excepte el “nacionalismo español”, per suposat!). Per tant, cal aprofitar aquest bon moment per retallar encara més poder i recuperar el centralisme que en mala hora es van deixar escapar de les mans.

I s’ha sabut (encara que això no s’ha pogut confirmar) que pensa donar tot el seu sou vitalici d’expresident, i els seus sobresous milionaris per estar en un fotimer de consells d’administració i fer servir el poder que encara té. També donarà de forma altruista el que cobra per les seves conferències i pels els torbs negocis que ajuda a fer al seu gendre Alejandro Agag … als negrets de l’Àfrica (pobrets!).

I, per acabar, vull recuperar un text d’un llibre seu on es demostra clarament que una cosa són les paraules i una altra els fets.

“La austeridad, entendida en su sentido originario como sobriedad, sencillez y ausencia de alardes, a de ser la primera característica del comportamiento de los poderes públicos y de sus servidores. Recuperar el sentido de la austeridad es una tarea que me propongo llevar a cabo. Un gobernante no debe olvidar nunca que cada peseta que gasta procede del dinero del contribuyente y que el despilfarro ha de ser considerado como un atentado a la misma democracia. Confieso que frente al gusto por las parafernalias del poder me resulta mucho más atractivo hacer de la sencillez una señal distintiva de comportamiento. Convertir este criterio en hábito es un antídoto contra muchos males”.
José maría Aznar. La Segunda Transición, pág 65)

Españoles todos: ¡Para Quijote yo!

Jo no era independentista…

Yo no era independestista. Lo escribo así, en español, una lengua en la que fui instruido en tiempos del Dictador y en la que he publicado varios libros y múltiples artículos y con la que me relaciono con gran cantidad de amigos y conocidos. No es mi lengua materna, lo es el catalán, y me siento orgulloso de dominarla. A pesar de la ya mencionada imposición. ¿Un ejemplo? Cuando estudiaba bachillerato, la profesora de biología me hizo salir al entarimado y me preguntó el funcionamiento del aparato digestivo, con los nervios propios de mi timidez, al llegar al punto de hablar del hígado, me salió su designación catalana, “fetge”, y la mezquina profesora me soltó una bofetada.

Yo no era independentista. Siempre he entendido que lo que algunos llaman “problema catalán” es en realidad el “problema español”. La mayoría de los que hablán de lo catalán como de algo problemático lo hacen desde la ignorancia, ellos solamente hablan una lengua. Una exalumna, ahora amiga, hablaba euskera y español, vino a vivir a Cataluña y ahora también domina perfectamente el catalán. Si fuera a vivir a Galicia, seguro que aprendería el gallego. Sin problemas. Por una estricta cuestión de confraternización.

Yo no era independentista. Tenía la ilusión (que, por lo que parece, viene de iluso) de que podríamos abandonar ese suplicio agónico del Estado de las Autonomías y construir un verdadero estado federal. Pero ha sido todo un engaño, un engaño de los políticos, de los españoles y de los catalanes, soy consciente de ello. Yo no era independentista porqué pensaba que los estúpidos tópicos y las nefandas mentiras que vierten sobre Cataluña los medios de comunicación carpetovetónicos, ahora también el Tribunal Constitucional, serían superados por los individuos. Pero demasiados ciudadanos españoles se han aferrado al anticatalanismo más cerril. ¿Dónde están las voces de mis amigos españoles que tantas veces me habían confiado su apuesta por el federalismo, por la España plural?

Yo no era independentista. Y, ¿qué debo hacer ahora? ¿Someterme a los dictados de unos juristas que quieren imponer la lengua única, la España indivisible? Justamente, una vez más, los españoles que hablan una sola lengua se atreven a sugerir —a proponer, a ordenar— que saber más de un idioma peninsular es una pérdida de tiempo, si no una injuria. Wittgenstein decía que con cada lengua comprendemos el mundo de una manera distinta, pero el Estado español se dirige a la uniformidad. Con el silencio de tantos y de tantos ciudadanos que asienten sin pestañear.

Jo no era independentista. Però vaig prometre’m que mai més ningú no em donaria una bufetada per fer servir la llengua amb què els meus pares em parlaven de petit, la mateixa amb què he explicat contes als meus fills, amb què he escrit els meus textos més íntims, amb què he parlat d’amor i de llibertat. Amb mi que no hi comptin.


JOAN MARIA MINGUET BATLLORI
Doctor en Història de l’Art per la Universitat de Barcelona.
Professor d’Història de l’Art Contemporani i d’Història del Cinema a la Universitat Autònoma de Barcelona.
President de l’Associació Catalana de Crítics d’Art (ACCA)

http://www.joanminguet.net/